TONALTEPETL 5/11/20

Gustavo L. Solórzano

Mis padres nos enseñaron a respetar a todas las personas conocidas y sin conocer, de manera especial a nuestros mayores. Hablar de frente y con respeto, era regla, nada de andar con “medias tazas”. La disciplina con la que fuimos educados incluía algunos elementos didáctico pedagógicos indispensables: chancleta, cinto, chicote, palo, mecate, mano, cuchara de palo, etc. Insisto, los correctivos aplicados de manera mesurada, a nadie hicieron daño. De manera reiterada lo he señalado, cualquier adulto de mi época infantil tenía la autoridad suficiente para llamarnos la atención. Entre adultos se hablaba con la verdad y naturalmente los menores así aprendimos, decir mentiras implicaba otra tanda de buenos correctivos, ya que nuestros padres tenían una bola mágica con la que fácilmente descubrían nuestras faltas.

Mi abuela fue la maestra que, en la práctica, nos enseñó las mejores lecciones de amor y respeto a nuestros adultos mayores. Con ella entendimos la importancia de valorar nuestro linaje ancestral y, en consecuencia, escuchar y atender sin chistar las indicaciones que recibíamos de nuestros mayores.

Las enseñanzas que recibí de mis maestros, mujeres y hombres comprometidos no solo en el ámbito educativo sino de manera general con el bienestar de la sociedad, complementaron de manera firme lo aprendido en casa. 

Los scouts, la Cruz Roja de la Juventud, los Bomberos y otras áreas de servicio en las que participé desde temprana edad, contribuyeron enormemente en mi formación cívica

 

Nuestras visitas cotidianas al asilo de ancianos o a colonias marginadas para llevar apoyos, estimulaban el amor y el respeto a nuestros abuelitos. Así fue la sociedad que nos formó a los de mi generación, sana, participativa, amorosa y servicial sin distingos. Claro está, gente fría e indiferente, que nada le conmueve siempre ha existido, pero esa, ya sabe usted, esa es otra historia.

Cualquier raro ejemplo que hablara de una agresión a menores de edad o a personas de edad avanzada, era reprochado de manera unánime por la sociedad y la ayuda fluía inmediata a la víctima. Existen casos que por respeto a las familias involucradas no ventilaré, sin embargo, dolían y unían a los colimenses como una gran familia.

 

Lamentablemente la modernidad trajo distancia, ausencia, corrupción, abuso de poder e indiferencia en la mayoría de los casos. Tal es el caso que señala la presidenta del Dif municipal Colima, quien comenta que la instancia bajo su responsabilidad detecta diariamente personas de la tercera edad vulneradas en circunstancias diversas. Así mismo, señala que la policía municipal reporta mensualmente de dieciséis a veinte casos por situaciones similares. Preocupante, por donde se vea, duele, indigna leer que los familiares de personas mayores abusen de su propia sangre, a grado tal, que ponen en peligro su vida por la ambición de unas cuantas monedas.

Una sociedad que no ve por sus ancianos está condenada a la deshumanización y en consecuencia a la pérdida de su mayor riqueza, los forjadores de nuestro presente.

 

Bien por la señora presidenta del Dif municipal Colima, que, con su participación, contribuye atenuando la pena y el dolor que viven las personas que señalo, nuestros abuelos.

 

ABUELITAS:

 

 

Sigue dura la situación para todos los comerciantes en los lugares golpeados por la pandemia. Así lo señala el representante de los ramaderos de los Amiales. Aquí es importante señalar que mucha gente se queja del abuso que ellos cometen en contra del turismo que acude a esos bellos parajes. Pues les cobran estacionamiento y dicen, a un costo elevado, cuando es necesario que ellos ofrezcan ese servicio en complemento a su venta. En fin, ojalá reflexionen o alguna autoridad los oriente por su propio bien. Es cuanto.